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martes, 11 de octubre de 2016

La caballería medieval en Castilla: la Orden de la Banda

La caballería medieval en el Reino de Castilla presenta una serie de matices diferenciadores respecto a otras caballerías europeas. Se podría decir que tenía un carácter “realista” frente a los ideales difundidos por la literatura cortés. Algunos factores como las necesidades de repoblación y guarda del ganado en las Extremaduras, desencadenaron la aparición de los denominados Caballeros Villanos, en la mayor parte de las ocasiones campesinos armados con caballo, a los cuales, se les concedía una serie de privilegios. En palabras de Menéndez Pidal esto "implicaba una extensión del concepto de nobleza, una democratización de los de arriba al aristocratizar a los de abajo, pues la reforma consistió en conceder privilegio de infanzonía a los caballeros villanos que servían a caballo en la guerra".

La fundación de la Orden de la Banda en 1332 por del Rey Alfonso XI se enmarcaba en esta misma línea “realista”, es decir, su objetivo inicial era la distinción por parte del monarca de guerreros destacados en las campañas contra los musulmanes. Muy pronto, ya con la redacción de los Estatutos de la Orden de la Banda (ordenamiento de la Banda) se aprecia un giro hacia los ideales caballerescos difundidos por la literatura cortés tan en boga en el resto de Europa y donde se recoge la normativa para la celebración de justas y torneos.


Crónica del Rey Alfonso XI

La democratización de la que habla Menéndez Pidal debida al fenómeno de los caballeros villanos hizo que en tiempos de Alfonso XI existiera una confusión entre la caballería villana y la caballería de linaje. La solución para lograr una diferenciación entre ambas caballerías únicamente podía realizarse a través del restablecimiento de una ceremonia de investidura de armas que había caído en el olvido, y a la que solo tuviera acceso la nobleza. Siguiendo esta línea, Alfonso XI viajó hasta Santiago para ser investido caballero ante la simbólica mirada del apóstol. A pesar de que con su ejemplo el monarca dio un gran impulso a las investiduras de los “ricoshombres” del reino, hay testimonios que parecen indicar  que  la ceremonia de entrada a la caballería de manera “formal” no se generalizó entre la nobleza. Un ejemplo lo tenemos en Pedro I, hijo de Alfonso XI, el cual, a pesar de su linaje y experiencia militar aún no había sido investido caballero antes de la Batalla de Nájera, enmarcada dentro de la guerra civil frente a su hermanastro Enrique de Trastámara. Será Eduardo de Woodstock “El Principe Negro”, quien había llegado al frente de sus tropas mercenarias a luchar bajo la bandera de Pedro I, quien celebre su ceremonia de acceso a la caballería.

Para consolidar la Orden Alfonso XI fue siguiendo una serie de etapas:

1.    Restablecimiento de la ceremonia de investidura.
2.    Celebración de Torneos en Valladolid y Burgos.
3.    Obtención en 1340 de los privilegios de Cruzada para la Campaña de Tarifa.

En 1345 la renovación en la caballería de linaje propiciada por estas reformas era más que notable. Pertenecer a la Orden de la Banda era la mayor de las distinciones del Reino, la cual, se mantendrá hasta Carlos I, período en que el Toisón de Oro alcance su preeminencia frente a otras  distinciones caballerescas.

Uno de los períodos más convulsos de Castilla en el que se verá envuelta la Orden de la Banda y sus caballeros fue el conflicto fratricida entre Pedro I, hijo legítimo de Alfonso XI, y su hermanastro bastardo Enrique II de Trastámara.

Pedro I intentará hacerse con el control de la Orden desde el primer momento, pero la política del nuevo rey orientada a una concepción económica basada en la ciudad, el comercio y la burguesía,  le enfrentaba directamente al bando de la alta nobleza terrateniente, la cual se decantará por Enrique de Trastámara. En la Batalla de Nájera (1367) el pendón de la Banda lucía en la vanguardia del ejército Trastámara. Entre los representantes de la Banda se encontraban los hombres más importantes de Castilla: Pedro López de Ayala como alférez de la Orden, el cual tuvo un papel esencial, no sólo como  cronista, sino como señala Julio Vadeón como propagandista de la legitimidad de la nueva dinastía. También encontramos a Don Tello, conde de Vizcaya o miembros de la más ilustre nobleza como los Hurtado, Mendoza, de la Vega, Haro...

La victoria en Nájera fue para las tropas petristas y según algunas fuentes fue en este momento cuando Pedro I colocó el escudo de la Banda de Castilla en los alcázares de Sevilla y Carmona. La encarnizada batalla ente los dos hijos de Alfonso XI repercutió también en las variaciones cromáticas  del escudo de la Orden, síntoma de esta disputa. Pedro I mantendría la banda negra sobre el blanco original, mientras que Enrique II adoptó el rojo y dorado usado por Alfonso XI en la Campaña del Estrecho, colores que también usaba la dinastía nazarí.


Escudo Orden de la Banda de Castilla

No se debe pasar por alto la relación entre el escudo usado por los miembros de esta Orden y los encontrados en las paredes de la Sala de los Reyes o de la Justicia en la Alhambra de Granada y en la Torre de Abū al-Haŷŷaŷ o del Peinador de la Reina. Las únicas diferencias entre ambos escudos son la desaparición de los dragantes de los extremos y la incorporación por parte nazarí de su célebre lema ‫الله ‫إل ‫غالب ‫ل (Sólo Alá es vencedor) en la banda.


Escudo nazarí encontrado en la Alhambra 

A medida que avance la dinastía Trastámara, la Orden de la Banda irá perdiendo sus connotaciones caballerescas, quedando relegada a una distinción que si bien por su antigüedad será más prestigiosa que otras de nueva fundación, estará completamente alejada de sus ideales iniciales.



Bibliografía


CONCEPCIÓN QUINTANILLA, M.  Nobleza y caballería en la Edad Media. Madrid: Arco Libros, 1996.

GARCÍA DÍAZ, I.  La Orden de la Banda. Roma: Archivum Historicum Societatis Iesu, 1991.

PAVÓN MALDONADO, B. Arte, símbolo y emblemas en la España musulmana. Al-qantara: Revista de estudios árabes, Vol. 6, Fasc. 1-2 (1985), 420-422.

DE AYALA MARTÍNEAZ, C. Las órdenes militares hispánicas en la Edad Media (siglos XII-XV). España: Marcial Pons, 2007.

Imágenes

Escudo Orden de la Banda de Castilla:

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/0/08/Badge_of_the_Royal_Bend_of_Castile.svg/780px-Badge_of_the_Royal_Bend_of_Castile.svg.png


Escudo de la Banda del Reino Nazarí:

http://www.redjaen.es/francis/?m=c&o=24585&letra=&ord=&id=66718


Sobre el autor:

Iván García Casado

Graduado en Geografía e Historia por la UNED, promoción 2016. Su interés por la Historia Medieval y en especial la vinculada a Castilla bajo el reinado de la dinastía Trastámara, le lleva a realizar el Trabajo Fin de Grado titulado: “La Nobleza en el Reinado de Enrique II de Castilla”. En la actualidad sus investigaciones siguen centrando el foco en los siglos XIV - XV, especialmente en Catalina de Lancáster figura sobre quien prepara en estos momentos su próximo proyecto.


martes, 21 de junio de 2016

La propaganda nazi como medio de adoctrinamiento


“En el régimen hitleriano y en su actividad previa a la toma del poder, la propaganda
no es sólo un aspecto fundamental sino que en realidad lo es todo”.

A. Pizzarroso, Historia de la propaganda (2013).


El dominio y control de las masas es imprescindible para el soporte de cualquier Estado. El Tercer Reich, consciente de ello, no sólo creó el ministerio de Propaganda, sino que le dedicó la mayoría de los recursos, incluso por encima del ministerio de  Guerra.


A la cabeza de dicho ministerio se encontraba Joseph Goebbels, uno de los colaboradores más cercanos de Adolf Hitler y quién se encargará, entre otras cosas, de extender la veneración al Führer. Ayudándose de la capacidad oratoria de Hitler, dotará a su imagen, a través de toda la parafernalia que lo englobaba de una especie de liturgia mística, que se traducirá en un público receptivo. De esta manera, el partido nazi y el Estado Alemán serán inseparables y estarán basados principalmente en la veneración al líder, llevando la propaganda a todos  los recovecos de la sociedad.

En un primer momento la propaganda se sirvió, del descontento generalizado que provocó el Tratado de Versalles para asociar la república democrática de Weimar con la humillación del Estado alemán. El apoyo al nazismo llegó, de la mano de aquellos que veían en el partido nazi la única salida para terminar con las instituciones políticas de la primera democracia en Alemania, descargando sus cóleras y frustraciones sobre la comunidad judía.

El Ministerio de Propaganda permitió la aceptación y compromiso incondicional de los alemanes que entraban dentro de la volksgemeinschaf (comunidad popular) a base de mensajes muy concretos del Führer.  Por tanto, lo que el régimen nazi pretendió con la propaganda fue, fortificar los lazos entre alemanes y el ideal de pertenencia a una raza y geografía común, a través del ensalzamiento nacional.

Así lo plasma Hitler, consciente de esto desde la I Guerra Mundial, en su famoso libro “Mi Lucha”: Las asambleas de grandes muchedumbres son necesarias, pues cuando a ellas asiste el individuo acometido del deseo de alistarse en un flamante movimiento y temeroso de encontrarse solo, recibe allí la primera impresión de una numerosa comunidad, lo cual ejerce un efecto vigorizador y estimulante en la mayoría de las personas. Éstas se someten a la mágica influencia de lo que llamamos sugestión de la multitud (…).

Goebbels, juicioso de que no bastaba con los frenéticos discursos de Hitler, preparados con escrupulosa minuciosidad, trasladó el ideal del nazismo a multitud de escenarios: radio, carteles, música, canciones nacionalistas, cine, teatro… Hábilmente le prestó especial atención al mundo del cine, dictando en 1934 un nuevo reglamento cinematográfico, endureciendo la censura y controlando el componente ideológico de éstas. En palabras de Julián Echazarreta se prohibieron de una manera especial los guiones que fuesen  contra el espíritu de los tiempos o contra la sensibilidad nacionalista y se cuidaba que estos filmes reflejasen el espíritu nazi y que sus productores perteneciesen a la raza aria.

La propaganda llevada a cabo mediante de carteles fue de lo más exuberante. A continuación podéis ver dos de los muchos que el régimen nazi utilizó para concienciar a la población sobre los peligros que presentaba el judío en la sociedad germana, ligándolo al comunismo internacional. El objetivo principal de este tipo de exposiciones fue impulsar el odio hacia este grupo social a través del miedo.


El régimen nazi en general y Goebbels en particular impulsó una serie de exposiciones propagandística desde los años treinta, mediante la cual buscaban a través de mecanismos de socialización violenta, impulsar la marginalidad y la eliminación del otro, exaltando, a su vez, los valores arios frente a estos supuestos enemigos del régimen.

Además  de la agudeza del impacto visual, fue esencial la emergencia de nuevos actores sociales para el régimen social único, como fueron los adolescentes y los jóvenes. El encuadramiento propagandístico del régimen nazi es proyectado por la famosa hitlerjugend y así se hacía notar en un fragmento de la Ley sobre Juventudes Hitlerianas que podemos leer a continuación;



“De la Juventud depende el futuro del pueblo alemán. La juventud alemana reunida debe, por ello, encontrarse preparada para sus futuros deberes para con el pueblo. Por tanto el Gobierno del Reich ha dado término al siguiente decreto, el cual será promulgado aquí:
1. Toda la juventud alemana que se encuentre dentro del Reich estará unificada en las Juventudes Hitlerianas. 2. Toda la juventud alemana, además de ser criada en la familia y en la escuela, será educada en las Juventudes Hitlerianas física, intelectual y moralmente en el espíritu del nacionalsocialismo para el servicio del pueblo y de la comunidad. 3. La misión de educar a la totalidad de la juventud alemana por medio de las Juventudes Hitlerianas se encomienda al líder del Reich para la Juventud Alemana en el NSDAP. Él es el Líder de las Juventudes del Reich, por eso tiene el puesto asignado de una autoridad del Gobierno con sede en Berlín, bajo la inmediata dependencia del Führer y Canciller del Reich. 4. Todas las regulaciones necesarias para la ejecución y consumación de esta ley serán promulgadas por él. 
Führer y Canciller del Reich Berlín, 1 de diciembre Firmado: Adolf Hitler y Doctor Lammers 
 
En: MacNab, Chris; El Tercer Reich, Libsa, 2010”. 

Lo que parece claro es que el principal elemento propagandístico del régimen, fue la personificación de Hitler y los discursos que pronunció durante la segunda mitad de los años 20 y principios de los 30, ya que tanto él como Goebbels supieron adaptar cualquier propaganda del pasado a las necesidades de sus tiempos, estimulando, en buena parte, el auge del nazismo en Alemania.



Bibliografía:

Heis Emanuel, F. “Las Juventudes Alemanas y el problema Psico-sociológico de la formación de Identidad y pertenencia” en XIX Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Universidad de Cuyo, Mendoza, 2013.

Montero, J. “Para captar alemanes. La propaganda nazi en la España de la Segunda República mediante películas (1933-1936)”, Comunicación y sociedad, Vol. XX, nº 2 (2007), 111-131,
Montes Pérez, C. “Cuerpos representados, cuerpos dominados. Poder y representación en los carteles de propaganda nazi”, Thémata. Revista de Filosofía, nº46 (2012), 707-716.

Moreno Cantano, A. y López Zapico, M. “Propaganda del odio: las exposiciones anticomunistas en el Tercer Reich”, Historia y Comunicación Social, Vol. 19 (2014), 171-192.

Pineda Cachero, A. “Orígenes históricos-conceptuales de la teoría de la propaganda nazi”, Revista Historia y Comunicación Social, nº 12 (2007), 151-176.
Imágenes:


Juventud al servicio del Führer:
http://anafrank.educ.ar/archivos/popup1-2-1.html


Oficiales del mañana:
http://www.taringa.net/posts/imagenes/11107615/Carteles-Propagandisticos-de-la-Segunda-Guerra-Mundial.html


Posters de la exposición Bolschewismus ohne Maske:
Moreno Cantano, A. y López Zapico, M. “Propaganda del odio: las exposiciones anticomunistas en el Tercer Reich”, Historia y Comunicación Social, Vol. 19 (2014), 171-192.


martes, 15 de marzo de 2016

Las milicias urbanas y la defensa de la Monarquía Hispánica

Nuestro presente puede llevarnos a confusión a la hora de pensar en cómo se defendían los territorios en otros momentos de la Historia, puesto que tenemos asumido como normal que el ejercicio de la violencia es algo totalmente ajeno al ciudadano de a pie. Por ello, tendemos a pensar que el ejército profesional siempre fue responsable de estas tareas. Sin embargo esto es algo muy reciente que fue construido de la mano de las estructuras sociales que rigen el presente. Durante los siglos XVI-XVIII no existieron ejércitos permanentes, sino que la guerra se hacía mediante el contrato de mercenarios, especialistas de la guerra que se ponían al servicio de los señores más ricos. Los mal llamados tercios españoles eran en su mayoría mercenarios provenientes de las distintas naciones de la Monarquía Hispánica, y su ámbito natural era la guerra exterior, no la defensa. Entonces ¿quién se encargó de defender los territorios de la Monarquía? las milicias urbanas.

Estas milicias toman su origen en el siglo XIII, cuando se establece la obligación de los vasallos a contribuir en la defensa del territorio señorial. Tuvieron un protagonismo incontestable en el proceso de conquista de los territorios de la península ocupados por los musulmanes. Con la vuelta a la vida urbana que se irá produciendo desde esta fecha hasta el siglo XV, las milicias pasaron a formar parte del cuerpo armado ocasional de las mismas, ejerciendo las funciones de policía y defensa ante amenazas externas inminentes.

Estos, sin dejar de ser campesinos o artesanos eran armados para servir en la ciudad a cambio de exenciones personales y jurídicas, cierta preeminencia social y, en ocasiones la posibilidad de no ser reclutados para el ejército del rey. Estas milicias aparecen en actos públicos como procesiones, recepciones de personajes ilustres e incluso en alguna operación militar, poseían sus propios uniformes y banderas, símbolos propios de distinción social.

Milicias en procesión el 31 de mayo de 1615 en Bruselas

Durante la Baja Edad Media, el servicio militar correspondía a todos los vasallos de cualquier condición, campesinos o habitantes de las ciudades, convertidos en soldados ocasionales, estaban obligados así desde muy antiguo a actuar cuando la ciudad se lo requiriera. Lo que significaba ser miliciano en la ciudad hizo que el vínculo entre la organización social y la institución de las milicias se estrechase cada vez más.

En poco tiempo la milicia se convirtió en el brazo ejecutivo de las ciudades, que a merced de las distintas oligarquías locales que formaban parte de los concejos configurados a finales del siglo XIV y principios del XV, controlaban y defendían la urbe distribuidos por sus calles y barrios.

Estos milicianos no solían tener formación militar alguna, ni los medios de los que disponían los ejércitos profesionales que fueron tomando protagonismo a principios del siglo XVI como parte de lo que en la historiografía se llama “revolución militar”. Sin embargo fueron los encargados de la defensa de las fronteras de la Monarquía Hispánica en todas sus latitudes, donde se hicieron especialmente fuertes. En Castilla la organización de estas milicias se descuidó, sobre todo a partir de la toma de Granada (1492) y la eliminación de un enemigo fronterizo real. Sin embargo, en territorios fronterizos y costeros como Galicia, toda la región levantina de la Península Ibérica, Sicilia, Nápoles o los Países Bajos, siguieron teniendo una importancia defensiva crucial ante los distintos enemigos de la Monarquía Hispánica tanto en Europa y el Atlántico como en el Mediterráneo.

El servicio de milicias era gestionado y financiado en su totalidad por las ciudades, cuyas autoridades trataban de mantenerlas, ya que formaba parte de la autonomía que con constante celo guardaban ante el rey y otros señores. Además aunque su formación era escasa y los recursos de los que disponían también solían serlo cumplieron a la perfección su función defensiva ante las razias otomanas, las incursiones portuguesas, francesas e inglesas. Sin embargo, se mostraron incapaces de soportar asedios o enfrentarse a ejércitos bien organizados.

Los distintos monarcas trataron de forma paralela de disolver las milicias urbanas, puesto que al fin y al cabo suponían una resistencia local a su poder, y a su vez de establecer un ejército ciudadano pagado por las distintas regiones del imperio, pero capitaneado por militares expertos, que garantizara la defensa de los territorios a la vez que depositaba en las manos de la monarquía el monopolio de la violencia.

Un análisis de la transformación de este modelo miliciano nos haría ver inmediatamente que las milicias urbanas, pasando por los intentos de estructurar una milicia general en el siglo XVII, son el antecedente inmediato de los ejércitos ciudadanos que se configuraron en el siglo XVIII-XIX.

Bibliografía

Andújar Castillo, F. Ejércitos y militares en la Europa moderna, Madrid: Editorial Síntesis, 1999.

Contreras Gay, J. “Las milicias en el Antiguo Régimen. Modelos, Características y significado histórico”, Chronica Nova, nº 20 (1992).

Ruíz Ibáñez J.J. (Coord.), Las milicias del rey de España. Sociedad, política e identidad en las monarquías ibéricas, Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2009.

- Las dos caras de Jano. Monarquía, Ciudad e individuo. Murcia, 1588-1648, Murcia: Universidad de Murcia, 1995.

Martinez Ruíz E. Los soldados del rey. Los ejércitos de la Monarquía Hispánica (1480-1700), Madrid: Actas, 2008.

Parker G. Revolución militar. Innovación militar y apogeo de occidente (1500-1800), Barcelona: Crítica, 1990.

Thompson I. A. A., Guerra y decadencia. Gobierno y administración en la España de los Austrias, 1560-1620, Barcelona: Crítica, 1981

Imágenes

-Milicias en procesión el 31 de mayo de 1615 en Bruselas (The Ommeganck in Brussels on 31 May 1615 de Denys Van Alsloot):

http://collections.vam.ac.uk/item/O132428/the-ommeganck-in-brussels-on-oil-painting-alsloot-denys-van/