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martes, 30 de mayo de 2017

Locos, rebeldes y revolucionarios. Un acercamiento a los visionarios de la Nouvelle Histoire

En 1962, el físico y filósofo T. Kuhn publicó The Structure of Scientific Revolutions, obra que habría de convertirse en una de las más importantes del siglo XX. La razón es sencilla, Kuhn puso sobre la mesa una idea verdaderamente revolucionaria, a saber, los ciclos por los que pasa la ciencia en su cambio hacia el progreso. Las grandes teorías e hipótesis están destinadas a sufrir una transformación, algo que a este docto americano gustaba llamar “cambio de paradigma”.  Dichos cambios no están libres de conflictos, pues entre el viejo y el nuevo paradigma suele existir siempre un abismo insalvable. Solo hay que recordar, a modo de ejemplo, los numerosos problemas a los que tuvo que enfrentarse Galileo por su teoría heliocéntrica o las críticas que, aún hoy día, soporta la magnífica obra On the Origin of Species de Darwin.


Galileo acusado ante el tribunal de la Santa Inquisición, por Joseph-Nicolas Robert-Fleury. Siglo XIX

El progreso, como bien decía Kuhn en su obra, no es lineal, no es uniforme. La ciencia y la investigación avanzan gracias a la transformación, la crítica y la destrucción de parámetros que se han seguido con fe ciega durante siglos. Esta teoría no sólo es aplicable a las ciencias puras, sino a todas las demás disciplinas que se ocupan del estudio del ser humano, como la antropología, la sociología, la psicología, la lingüística o la historia. Todas ellas forman un conjunto único que no debe ser separado ni por la mano del hombre ni por la de cualquier dios, porque si hay un cambio de paradigma importante en la historia y su forma de verla ese es el protagonizado por la Nouelle Histoire. Si algo hizo este nuevo paradigma fue despertar del ensueño arcaico a muchos historiadores que pensaban que la historia era únicamente la crónica de los grandes sucesos y los grandes personajes.

Desde la época de Heródoto y Tucídides, la historia que se escribía en Occidente era una amalgama de géneros sin sentido centrados en la acumulación de datos: la crónica monástica, la memoria política, el tratado de antigüedades, etc. Todos ellos se postularon como la forma dominante de recordar y analizar el pasado. Las grandes gestas de reyes y militares, las grandes batallas y los hechos particulares llenaron las páginas de los libros de historia, haciendo creer que la única forma de estudiar, investigar y enseñar historia era aquella diletante pedagogía elitista. No obstante, las voces de disenso no tardaron en oírse. Durante la Ilustración, ya algunos intelectuales señalaron la importancia de la historia social y cultural dentro de las investigaciones de los estudios históricos. Algunas obras tan importantes como The History of the Decline and Fall of the Roman Empire de E. Gibbon, ya integraban historia sociocultural dentro del discurso de la historia política. Sin embargo, habría que esperar a finales del siglo XIX para encontrar verdaderas reflexiones sobre la “historia de abajo”, es decir, la historia popular y de las mentalidades. Michelet, el gran historiador francés, pedía, por ejemplo, una historia con un carácter mucho más integrador: “La historia de aquellos que sufrieron, trabajaron, decayeron y murieron sin ser capaces de describir sus sufrimientos”.


El vagón de tercera clase, por Honoré Daumier. 1864


A finales del XIX se había iniciado el cambio de paradigma. Una nueva forma de hacer historia estaba naciendo gracias a la integración de las diversas disciplinas como complemento y sustento para investigar. Fue F. Simiand, un sociólogo discípulo de Durkheim, quien advirtió la necesidad de derribar los tres ídolos de la crónica histórica: el “ídolo político”, obsesionado por narrar hechos políticos y militares, el “ídolo individual”, marcado por la excesiva preocupación puesta en grandes hombres y, por último, el “ídolo cronológico”, o sea, la obcecación de ciertos historiadores de escribir su historia desde los orígenes de la humanidad. Estos tres grandes ídolos pasarían a ser el objeto central de la crítica de un grupo que marcó un antes y un después en la forma de interpretar la historia, la Escuela de Annales.

El nacimiento de Annales favoreció un avance metodológico con respecto al antiguo régimen historiográfico. Ese ideal de cooperación interdisciplinaria ejerció gran influencia en dos jóvenes que estudiaron en la Ecole Normale Supérieure, que más tarde serían coronados como los padres de la Nouvelle Histoire. Estos jóvenes se llamaban Lucien Febvre y Marc Bloch. Hoy, nadie puede aventurase a hablar de Historia de las mentalidades sin tenerlos en cuenta. Sus estudios, revolucionarios y rebeldes, pusieron de manifiesto la importancia de la psicología y otras disciplinas a la hora de realizar investigaciones sobre las creencias religiosas. Los reyes taumaturgos de Bloch y El problema de la incredulidad en el siglo XVI: la religión de Rabelais de Febvre representaban la viva imagen de la revolución historiográfica, del deseo de romper con el viejo paradigma.

 

Fotografía de L. Febvre y M. Bloch.

Esta inusitada forma de hacer historia generó rápidamente detractores del movimiento. Febvre, Bloch y todos aquellos que iniciaron estudios históricos desde la perspectiva de Annales fueron considerados profesionales poco serios, al no dar la importancia que se merecía a la historia política, al obsesionarse por encontrar nuevos campos de estudio o al desarrollar un análisis de elementos cuantitativos para reflexionar sobre grandes problemas sociales. Los “supuestos desvíos” metodológicos de estos intelectuales rebeldes sentaron las bases de la que hoy conocemos como Historia de las mentalidades, y la que es, a mi parecer, una de las más interesantes e intrigantes formas de acercarse a lo que Michelet tildaría “historia de abajo”, aquella historia de las formas, las estructuras, los pensamientos, las costumbres y las vidas reales de individuos corrientes a los que la historia dejo sin relato, nombre o alma.

Hoy en las escuelas e instituciones de muchos países se sigue imponiendo el antiguo paradigma, porque como se dijo al principio de este artículo, las transformaciones generan abismos insalvables, que habrán de esperar a nuevas generaciones que luchen con ahínco contra los ídolos de los que habló F. Simiand. No obstante, es nuestro deber seguir combatiendo aquel viejo paradigma con los símbolos y riquezas que aquellos locos, rebeldes y revolucionarios, incluyendo a sus seguidores, nos dejaron. ¿Acaso alguien duda de la importancia de Los reyes taumaturgos de Bloch o de El Mediterráneo de Braudel? ¿Hay alguien capaz de obviar la Historia de la locura en la época clásica de Foucault? O para más inri, ¿Hay alguien que ignore la influencia de Annales para con la historia de la mujer, la historia de la infancia y la historia de la vida cotidiana? Seguramente sí, pero entonces debería preguntarse sobre qué paradigma se sitúa, sobre qué principios historiográficos escribe o sobre qué temas le han dicho que escriba aquellos dioses que asocian la Nouvelle Histoire con la locura. ¿Locura? Sí, la curiosa locura de la que hablaba Bertolt Brecht entre versos:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada
la Muralla China? La gran Roma
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes
triunfaron los Césares? ¿Es que Bizancio, la tan cantada,
sólo tenía palacios para sus habitantes? Hasta en la
legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían,
gritaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota
fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años
¿Quién
venció además de él?
Cada página una victoria.
¿Quién cocinó el banquete de la victoria?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?
Tantas historias.
Tantas preguntas.

Bertolt Brecht
 (Preguntas de un obrero que lee)

Bibliografía

Burke, P. The French Historical Revolution. The Annales School 1929-1989, Stanford: Stanford University Press, 1990.

González Lopo, D. “Historia de las mentalidades. Evolución historiográfica de un concepto complejo y polémico”, Obradoiro de Historia Moderna 11, (2002): 135-190.

Kuhn, T. S. La estructura de las revoluciones científicas, Madrid: Fondo de Cultura Económica de España, 2005.


Simiand, F. “Méthode historique et sciences sociales”, Revue de Synthése Historique 6, (1903): 1-22.

Imágenes

1ª Imagen:
https://www.google.es/search?q=Galileo+acusado+ante+el+tribunal+de+la+Santa+Inquisici%C3%B3n&client=firefox-b-ab&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwiUpJbovZLUAhXHVRoKHTssA2UQ_AUICigB&biw=1366&bih=635#tbm=isch&q=Galileo+robert+fleury&imgrc=OE6mdKmcMi8EiM:

2ª Imagen: www.wikipedia.org

3ª Imagen:  www.wikipedia.org

4ª Imagen:  www.wikipedia.org

Sobre el autor:

Carlos Jiménez Barea

Fundador de la Start-Up La Odisea de la HistoriaGraduado en Humanidades por la Universidad Pablo de Olavide con especialización en Historia Antigua y Arqueología. Más tarde realizó el Máster en Estudios Históricos Avanzados. Especialidad Historia Antigua en la Universidad de Sevilla, finalizando sus estudios con una investigación sobre la religión y el poder en la figura de Plinio el Joven. Actualmente realiza también su doctorado en la misma universidad, donde desarrolla una investigación centrada en la religión romana durante los siglos I y II d.C. La historia es su pasión y también le dedica horas en su tiempo libre. Le entusiasma leer a Heródoto, escribir poesía y buscar conexiones entre la filosofía y sus series favoritas. 


martes, 9 de mayo de 2017

Darwin y Wallace: breve historia de la Teoría de la Evolución entre cartas

A lo largo de la historia se han dado muchos intentos de elucidar de dónde procedemos los seres vivos (en particular, claro, los seres humanos). Durante mucho tiempo toda la sociedad, incluido el propio sector científico, ha defendido ideas como la “hipótesis de la generación espontánea”, por la cual los seres vivos parecían capaces de surgir de materia inanimada como estiércol o barro, o el “creacionismo”, la corriente de pensamiento que defendía que todas las especies vivas que existían habían tenido siempre la misma apariencia, que habían “sido creadas” tal cual se presentaban en la actualidad, en estrecha relación con las ideas de la Iglesia y en contraposición a las extrañas e inexplicables formas fósiles de conchas y esqueletos desconocidos que se encontraban de vez en cuando en las rocas.

Fósil de conchas de ammonites

Para los creacionistas, los fósiles no eran más que rocas que imitaban animales como capricho de la naturaleza, pero, para los defensores de la evolución, aquellas formas no eran sino restos de animales pasados de los que, habiendo desaparecido de la faz de la Tierra, habrían derivado las especies actuales. Nadie, sin embargo, supo explicar correctamente cómo podría ser esto posible hasta que la idea de la selección natural emergió en el pensamiento científico contemporáneo. 

Para los creacionistas, los fósiles no eran más que rocas que imitaban animales como capricho de la naturaleza, pero, para los defensores de la evolución, aquellas formas no eran sino restos de animales pasados de los que, habiendo desaparecido de la faz de la Tierra, habrían derivado las especies actuales. Nadie, sin embargo, supo explicar correctamente cómo podría ser esto posible hasta que la idea de la selección natural emergió en el pensamiento científico contemporáneo.

En esencia, la teoría de la selección natural expone que, dentro de una misma especie, las diferencias que existen a nivel de aptitudes o características entre los diferentes individuos, derivadas de la simple variedad genética y la incidencia de mutaciones, determinan en qué medida pueden sobrevivir en el ambiente en el que se encuentran, de tal forma que aquellos más aptos sobrevivirán y se reproducirán con mayor facilidad; los menos aptos, morirán y no dejarán descendencia. De tal manera, con el paso de las generaciones, los integrantes de una especie tenderán a presentar por herencia tales características si el ambiente no dictamina que dejan de ser beneficiosas. Dicho de otra forma, el ambiente ejerce una presión selectiva sobre la genética de los organismos que viven en él barriendo las características que dificultan la vida en él, lo cual es uno de los elementos imprescindibles de la evolución, tanto de los seres humanos como de todos los organismos que existen.

Sin embargo, no pretendemos explicar con mayor detalle esta teoría, sino dar a conocer los dolores de cabeza, casualidades, polémicas y malas pasadas que les trajo a sus co-autores: el famoso Charles Darwin y el menos conocido Alfred Wallace, pues si la teoría de la selección natural y la especiación resulta sorprendente, no lo es menos la historia de cómo se llegó a ella.


Alfred Russel Wallace. Fotografía por Sims, 1889

Alfred Russel Wallace nació en Gales el 8 de enero de 1823, en el seno de una familia modesta de tradición anglicana. A pesar de que hoy se le recuerda como co-autor de la teoría más importante de las ciencias biológicas, nunca estudió ningún tipo de carrera académica: tuvo que dejar sus estudios a la edad de 13 años por falta de dinero, y se convirtió en aprendiz de carpintero de su hermano John. No sería hasta 1844 cuando la publicación de un extraño libro titulado "Vestigios de la Historia Natural de la Creación", de Robert Chambers (1802-1871), cambiaría su vida para siempre.

La idea que Chambers exponía en este libro era, básicamente, que las especies tenían la tendencia de transformarse unas en otras aumentando de complejidad hasta llegar al ser humano, todo, por supuesto, bajo la planificación de Dios, una idea que pretendía compaginar las observaciones científicas con la tradición religiosa victoriana imperante en la época. Ajeno a toda la polémica que ese libro levantó, Wallace decidió hacerse a la aventura junto a su amigo Henry Walter Bates, naturalista, y emprender su propia carrera en el estudio de la Historia Natural para descubrir qué de verdadero había en la teoría de Chambers.

Así fue cómo Wallace viajó en 1848 a Brasil, actualmente reconocido como uno de los puntos más ricos en biodiversidad, para recorrer regiones del río Amazonas y el río Negro donde ningún europeo había puesto un pie, capturando ejemplares que coleccionaba y vendía para costear sus viajes. Durante su estancia, contrajo por primera vez la malaria (no sería la última) y a su vuelta a Europa, en 1852, su barco se incendió y hundió en mitad del Atlántico, perdiéndose apuntes y borradores de varios libros que tenía preparados. Fue rescatado en otro barco que, por cierto, casi se hunde también. Lejos de achicarse, nada más llegar a Inglaterra, el hombre ya estaba pensando animosamente en emprender un nuevo periplo, que, en ese caso, le llevaría a las remotas islas del archipiélago malayo.

Desde 1854, pasaría ocho años visitando, entre otras, las misteriosas islas de Sumatra, Bali, Borneo, Timor, Komodo y Sarawak, donde hizo grandes descubrimientos relacionando la localización de las diferentes especies animales y sus restos fósiles. En este viaje recopiló hasta 125.000 especímenes que envió a Inglaterra, 80.000 de las cuales eran escarabajos. Entre esos ejemplares, había unas 1.000 especies nunca antes descritas. Fue en estos viajes donde se familiarizó enormemente con la gran variación que existía, no sólo entre diferentes especies, sino entre individuos de la misma especie.

El 1 de marzo de 1858, en la casita donde vivía en la isla de Ternate, recogido  a causa de un nuevo episodio de malaria, Wallace describe en su propia autobiografía que, estando en la cama con fiebre, empezó a divagar sobre el efecto de las guerras y epidemias (como la malaria) en el ritmo de crecimiento de la población humana y que luego pensó en cómo este tipo de causas o equivalentes (depredación, enfermedades, catástrofes...) influían en el crecimiento de las poblaciones animales. Teniendo en cuenta el gran daño que causaban estos avatares, los que sobrevivían, necesariamente, eran los que mejor adaptados estaban a las circunstancias, y considerando la gran variación entre individuos que él mismo había reconocido durante su recolección de ejemplares, todos los rasgos que un animal presentase podían proceder de una filtración natural que el ambiente hacía de entre todas las variantes que se iban presentando azarosamente en el surtido de variantes. Y fruto de esta iluminación resultó una inocente carta que Wallace envió en un barco de carga holandés desde Ternate a Inglaterra dirigida al mismísimo Charles Darwin (1809-1882), ya reconocido como prestigioso naturalista.


Charles Darwin, fotografía por Herbert Rose Barraud 

Por aquél entonces, la sociedad científica se comunicaba por cartas de forma muy activa. Y, en particular, esa carta que Darwin recibió (no se sabe con certeza qué día) lo dejó consternado.

Desde el 1838, cuando se embarcó en el H.M.S Beagle y comenzó sus estudios en evolución animal en las Islas Galápagos, Darwin había estado masticando de forma bastante infructuosa los paradigmas de la divergencia evolutiva. Wallace no era más que un aficionado admirador de su trabajo y ya anteriormente le había estado carteando e incluso enviando algunos especímenes de regalo que consideró que le podían gustar. En sus respuestas, Darwin se mostraba agradecido aunque receloso, insinuándole de manera sutil al joven Wallace que la causa de aparición de nuevas especies era un asunto suyo, cosa que el pobre de Wallace nunca captó. Lo que ninguno de los dos se imaginó nunca es que habrían llegado a la misma teoría por caminos separados. El propio Darwin reconocería más adelante que incluso algunas de las frases de Wallace le recordaban a las suyas propias, aunque su principal fallo estuvo en no considerar importante la variación entre individuos de la misma especie, la clave de todo en la idea de Wallace. En ese momento, el naturalista pensó en desistir y tirar por tierra su propio trabajo: Wallace había concebido encamado una tarde de fiebre una idea que él no había conseguido terminar de dilucidar en veinte años de duro trabajo, y si decidía publicar su estudio se habría aprovechado deshonrosamente de la investigación de un colega admirador, pero si no lo hacía, nadie le daría el reconocimiento de ser el primero en postular la teoría. Realmente una situación deprimente, si le sumamos que su hijo menor estaba gravemente enfermo de escarlatina.

De no ser por sus amigos, Charles Lyell y Joseph Hooke, la teoría de Darwin probablemente nunca hubiera visto la luz. Para que su trabajo no cayese en saco roto ni sintiese que estaba cometiendo una sucia traición, le propusieron presentar un resumen conjunto de sus ideas junto con las de Wallace en una de las reuniones de la Linnean Society de Londres, la prestigiosa sociedad científica dedicada a taxonomía fundada en 1788. Darwin estaba muy triste y no tenía absolutamente nada preparado (ni ganas de hacerlo); fueron sus amigos los que recuperaron de su estudio un ensayo de unas 540 páginas que el hombre había escrito en 1844 (y que todavía no había publicado) y una carta que le había escrito a un botánico de la Universidad de Harvard. El día de la presentación el 1 de julio de 1858, se presentó primero este resumen del trabajo de Darwin y luego se leyó el artículo original de Wallace, aunque técnicamente debía haber sido expuesto primero, ya que estaba escrito con antelación; una trampa que Lyell y Hooke dispusieron para que fuera su amigo Darwin el que quedase registrado con la propiedad intelectual. Darwin no estuvo presente: fue el día del entierro de su hijo.

Ese mismo día, Wallace todavía estaba de viaje. No se enteraría hasta mucho tiempo después de que su trabajo había sido publicado sin su permiso ante la Linnean Society y sólo como un simple apoyo a la teoría de Darwin. Sin embargo, lejos de molestarse, Wallace incluso se mostró satisfecho: es importante tener en cuenta que la sociedad científica de por aquél entonces era terriblemente clasista y él era un don nadie, sin ni siquiera la preparación científica adecuada para ser respetado en el gremio de los naturalistas. Que el trabajo de Darwin, con una reputación considerable, llevase su nombre garantizaba que le harían caso; era más de lo que podría haber esperado de intentar llamar la atención por su cuenta. De hecho, se referiría humildemente a la teoría de la selección natural como "darwinismo" a partir de entonces. Pese a que posteriormente y hasta a día de hoy algunos han querido ver en Darwin y sus amigos una trama conspiratoria para robarle la idea a Wallace, lo cierto es que nunca existió mala relación entre ellos. El propio Darwin le mandó una copia de regalo a Wallace del libro que finalmente publicó, en 1859, El origen de las especies, su obra más famosa.


Portada de "El Origen de las Especies"

Es interesante mencionar aquí que, en su obra, Darwin nunca dijo expresamente que los seres humanos procedamos del mono, afirmación que es matizablemente incorrecta: lo que se deriva de la teoría de la selección natural es que los chimpancés (Pan spp.) y los actuales humanos (Homo sapiens) derivamos de un ancestro común a partir del cual nuestros linajes se diversificaron.

Cabe mencionar, por otro lado, que el que armó un verdadero escándalo cuando se enteró de la publicación fue el jardinero escocés Patrick Matthew, que parece ser que hacía nada menos que casi treinta años atrás había sugerido tal idea en el apéndice de un libro apasionantemente titulado Madera naval y arboricultura (curiosamente el mismo año que Darwin no había hecho más que emprender su travesía por el océano Atlántico hacia las Galápagos). Pasó totalmente desapercibido. Por mucho que pataleó, Matthew sólo consiguió de Darwin unas disculpas públicas.

Por su parte, Wallace siguió como naturalista varias décadas más, aunque fue perdiendo poco a poco credibilidad en el mundo científico debido a su interés por temas como el espiritismo y la vida en otros planetas. Se comprometió en 1864 con una mujer que lo dejó plantado y dos años más tarde contrajo matrimonio con Annie Mitten, hija de un experto en musgos y con la que tuvo tres hijos. Nunca consiguió un trabajo estable ni ascendió de posición social y atravesó, de hecho, graves penurias económicas, hasta el punto de que en cierta ocasión fue necesaria la intervención del propio Darwin para que le concedieran una pensión. Su trabajo científico, aun así, fue reconocido e incluso premiado: en 1908 recibió la prestigiosa Medalla Copley y el Orden de Mérito del Reino Unido. Moriría cinco años más tarde en la casita de campo que él mismo construyó años atrás en Broadstone, tierra donde se encuentra actualmente su tumba. Llegó a la edad de nada menos que 90 años.

La historia de cómo la humanidad se dio cuenta del fenómeno de la selección natural es una historia de sufrimiento, de aventuras, de descubrimientos, casualidades bochornosas, viajes y cartas; una historia de una época de la ciencia que ya se acabó pero que, aunque los huesos de sus protagonistas descansen, merece seguir excitando los nuestros.

FUENTES Y REFERENCIAS
Ruíz Pérez, M. V., “La extraordinaria vida de Alfred Russel Wallace: (Él también merece ser recordado)”, Encuentros de Biología, nº125 (2009).
Gallardo, M.G., “Alfred Russel Wallace (1823 – 1913): Obra y figura”, Revista Chilena de Historia Natural, nº86 (2013), 241 – 250.
BRYSON, B. Una breve historia de casi todo, Barcelona: RBA bolsillo, 2003.

IMÁGENES

SOBRE EL AUTOR

Juan Encina

Graduado en Biología por la Universidad de Coruña de vocación docente. Se ha dedicado por cuatro años a la divulgación científica entre los jóvenes, participando en charlas a institutos y talleres organizados por al Universidad de Coruña y la Fundación Barrié, así como en una revista digital como redactor y editor.



martes, 25 de octubre de 2016

Los inicios de la Psicología en España


Una investigación: obra de Joaquín Sorolla, en el centro se encuentra el Dr. Simarro (1897)

La Psicología es una disciplina a caballo entre las Ciencias Biológicas y las Ciencias Sociales, lo que hace que sea ontológicamente problemática (Posada, 2006). Su historia es tan controvertida como fascinante, pero el reduccionismo posmoderno ha generado una imagen polarizada que la desvirtúa. En muchas películas, series y libros, vemos las horribles prácticas (torturas físicas y mentales) que supuestamente la Psicología utilizaba en sus orígenes. En otros casos, vemos a taciturnos doctores plegados en sus sofás, presas de una pasividad inalterable, escuchando los problemas de sus pacientes, como si de un confesor profano se tratase. Nada más lejos de la realidad, especialmente en nuestro país. Los dos son estereotipos clásicos que parten de casos excepcionales y extremos, alejados de la realidad histórica. Por ello, me propongo invitaros a una breve revisión histórica sobre los inicios de la Psicología en nuestro país a través de algunos de sus personajes, instituciones, influencias filosóficas y prácticas clínicas, con el objetivo de desmitificar nuestras concepciones a priori y recuperar la memoria, fuente de compromiso con el futuro y custodia de la Razón.

La Historia de la Psicología en nuestro país puede dividirse en tres etapas: (1) una etapa filosófica denominada Protopsicología o Psicología Filosófica que va desde finales del siglo XV hasta la primera mitad del siglo XIX; (2) una etapa de desarrollo científico e institucionalización, que llamaremos Inicios de la Psicología y que va desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el final de la Segunda República (1936); y (3) una etapa de internacionalización e incorporación al imaginario colectivo conocida como Psicología Contemporánea, que comprende desde los años 60 hasta nuestro siglo. Nos centraremos en la segunda etapa, que da comienzo a lo que se conoce como Psicología Científica y que sienta las bases de la disciplina tal y como la conocemos hoy.

Debido al proceso de reconstrucción histórica interesada y el adoctrinamiento desarrollado por la dictadura franquista, gran parte de la historia de finales del siglo XIX y principios del XX ha sido borrada de la memoria colectiva. Con ello, se ha perdido la historia de disciplinas profundamente revolucionarias en nuestro país como la Antropología (en la cual nuestro país fue pionero gracias a Antonio Machado Nuñez, abuelo del afamado poeta) o la Psicología. En estas fechas nuestro país fue una de las más eminentes potencias intelectuales de Europa, germen que no llegó a dar sus frutos por la llegada Guerra Civil (1936-1939) y sus consecuencias. De este pasado intelectual se han recuperado las referencias literarias, pero todavía queda pendiente retornar a la consciencia colectiva el bagaje político, científico, filosófico y etnológico que el franquismo borró de nuestra memoria.



Antonio Machado Nuñez

Sin embargo, la segunda mitad del siglo XIX no fue un periodo fácil para el desarrollo del conocimiento. Constantemente los académicos e intelectuales debían esconder sus ideas o relativizar sus afirmaciones a fin de sortear la censura impuesta por el Plan Pidal de 1845, la Ley Moyano de 1857 y el Decreto del ministro de Fomento Manuel Orovio de 1867. Esto parecía disponer a España al fracaso intelectual, sobre todo a nivel científico, ya que: (1) la Filosofía, disciplina central en las universidades, estaba intencionalmente supeditada a la Teología; (2) las leyes anteriormente citadas imponían una centralización de la enseñanza superior, así como una progresiva pérdida de independencia de los intelectuales; y (3) los laboratorios eran escasos y el interés de las instituciones públicas por estos mucho menor. Sin embargo, la llegada de dos corrientes de pensamiento profundamente positivistas consiguió enfrentar esta situación. Nos referimos al evolucionismo y al krausismo, representados respectivamente en las figuras de Antonio Machado Nuñez y, Francisco Giner de los Rios y Nicolás Salmerón. Estos intelectuales difundieron nuevas maneras de comprender la ciencia y fomentaron la creación de instituciones privadas (como la Institución Libre de Enseñanza, 1876-1936), museos (Museo Entológico, Museo Pedagógico, etc.) y ateneos municipales, donde poder desarrollar sus investigaciones en los nuevos campos del saber, instruir a alumnos y fomentar la discusión científica. Además lucharon contra las instituciones públicas hasta conseguir que el nuevo ministro de Fomento Manuel Ruiz Zorrilla rubricara un decreto de “libertad de enseñanza”, hecho que fue conocido como la Revolución de Septiembre. Sin embargo, los conflictos no pararían de sucederse, el ministro Orovio sería repuesto por Cánovas del Castillo y se atentaría constantemente contra la libertad de cátedra hasta la llegada de la Segunda República. 


Francisco Giner de los Ríos

La Psicología Científica entra en nuestro país a través de las investigaciones de científicos (médicos principalmente) que, ya sea por lecturas o viajes al extranjero, se interesaron por investigar los procesos mentales a raíz de la creciente institucionalización de estos estudios en Europa, concretamente en Alemania. Encontramos cinco figuras centrales: el propio Francisco Giner de los Ríos, el doctor Luis Simarro, Julián Besteiro, Martín Navarro y Flores y Urbano González Serrano. Estos intelectuales, a excepción de Giner de los Ríos, estaban profundamente vinculados con las Ciencias Experimentales. Los mencionados investigadores son conocidos como padres de la Psicología española y comparten una serie de características que propiciarían su unión: (1) eran intelectuales de reconocido prestigio en sus áreas; (2) se reconocían como progresistas; y (3) habían viajado por Europa o leído y traducido multitud de obras de afamados psicólogos europeos. El objetivo común que compartían era la institucionalización de estos estudios en nuestro país y la creación de espacios específicos para su investigación. Pero en la segunda mitad del siglo XIX hubo una maraña de decretos y órdenes ministeriales que se sustituyeron unos a otros, lo que dificultaba la lucha por un plan de estudios consistente donde introducir la Psicología Científica. Hasta el año 1900 no podemos encontrar una asignatura de Psicología que esté separada de la Filosofía. El 19 de julio de ese año un real decreto modifica el Plan de Estudios de la Facultad de Filosofía creando la primera asignatura de Psicología Experimental. La cátedra de esta asignatura será ocupada por el doctor Luis Simarro, veinte años después de la fundación del primer laboratorio de estudios psicológicos experimentales en Leipzig. Sin embargo, es preciso señalar que esa cátedra fue asignada poco tiempo después a la Facultad de Ciencias (1902), lo que convierte al Dr. Simarro en el primer psicólogo del mundo en ocupar una cátedra de dicha disciplina en un espacio plenamente científico. El Dr. Simarro también fundó el primer laboratorio de Psicología Experimental en España, originalmente en el Museo Pedagógico y, luego, en la Universidad de Madrid.


Una investigación: obra de Joaquín Sorolla, en el centro se encuentra el Dr. Simarro (1897)


A diferencia de las postrimerías del XIX, los treinta primeros años del siglo XX fueron de una extraordinaria riqueza para los profesionales que deseaban dedicarse a la Psicología Experimental. Sus prácticas eran muy diferentes a lo que nos han contado: hacían mediciones ópticas, conteo de tiempo en realización de acciones simples, experimentos de memorización de palabras, estudios de atención; es decir, investigaciones no-invasivas. Esto se debe a la influencia del psicólogo alemán Wilhelm Wundt, que tenía como objetivo el estudio de la mente y sus reacciones, no de los órganos cerebral y nervioso en sí. La labor de los profesionales españoles en el estudio de enfermedades sobre el ánimo (depresiones, esquizofrenias, paranoia, cambios de humor, autismo, etc.) fue encomiable. Sin embargo, la Guerra Civil paralizó todo el progreso. Con la llegada del conflicto, muchos científicos e intelectuales huyeron del país, horrorizados por la guerra fratricida. Otros se quedaron, en algunos casos renunciando a sus sueños y en otros sometiéndose a una dictadura física e intelectual que impidió el desarrollo de la Psicología hasta bien entrados los años 60. Cuando el Régimen abandonó la autarquía, permitió, con muchas dificultades, el desarrollo de la disciplina de nuevo, esta vez casi desde cero, pues era imposible mentar a los maestros.

Espero que este breve repaso sobre la situación histórica de la intelectualidad española de la época y en concreto la de una disciplina tan relevante en nuestros días como la Psicología, inviten al lector a investigar sobre los hechos y los personajes (recomiendo empezar por la bibliografía que adjunto; todo puede encontrarse gratuitamente en internet). Estoy seguro que se sorprenderán ante la altura intelectual de nuestros pioneros científicos e investigadores.

Bibliografía

Paniagua, F. B. Notas sobre el debate evolucionista en España (1900-1936). Revista de Hispanismo Filosófico, nº 12 (2007), 23-44.

Peset, M., y Peset, J. L. Las universidades españolas del siglo XIX y las ciencias. Ayer, nº 7 (1992), 19-49.

Posada, J. La Subjetividad en las Ciencias Sociales, una cuestión Ontológica y no Epistemológica. Cinta de Moebio. Revista de Epistemología de Ciencias Sociales, nº 25 (2006).

Rodriguez, J. M. (1987). El nacimiento de la Psicología Científica en España. Ensayos: Revista de la Facultad de Educación de Albacete, (1), 149-164.

Yela Granizo, M. (1987). Los orígenes de la psicología científica en España. El Dr. Simarro y su Fundación. Investigaciones Psicológicas, 4 (Los orígenes de la Psicología experimental en España: El Dr. Simarro, Eds Campos Bueno, JJ y Llavona, R), 67-79.

Imágenes:

Una investigación  de Joaquín Sorolla: Catálogo del Museo Sorolla de Madrid (http://www.mecd.gob.es/msorolla/inicio.html)

Francisco Giner de los Ríos y Antonio Machado Nuñez: www.wikipedia.org


Sobre el autor:

Antonio Jesús Guzmán Troncoso

Su nombre es Antonio Jesús, pero desde hace mucho es conocido como Antón. Es antropólogo e investigador social. Actualmente, estudia Psicología en la UNED y trabaja como diseñador creativo e investigador social en la empresa CACTUS: Investigación Cualitativa y Comunicación S.L. Sus intereses son de lo más variopintos: la filosofía, la historia antigua, la música jazz, la teoría política, el cine… Pero lo que verdaderamente le apasiona es la literatura fantástica, vicio que le ha llevado por los más apasionantes senderos que ha recorrido en su vida.