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martes, 28 de marzo de 2017

Política y matrimonio: la emperatriz Pompeia Plotina

Pompeia Plotina, al igual que su esposo, el emperador Trajano, procedía de una de las nuevas familias provinciales de occidente que llegaron a adquirir un peso relevante en la élite romana. Hija de Lucio Pompeyo, miembro perteneciente al orden ecuestre, nació en torno al año 70 d.C. y fue posiblemente originaria de Nimes, ciudad de la Galia Narbonense. Lo más característico de esta emperatriz es sin duda alguna el papel políticamente activo que tuvo. Entre las mujeres de la dinastía, Plotina resaltó por actuar de manera más activa en varios aspectos de la vida política y sucesoria, aunque siempre dentro de los parámetros de discreción de la mujer romana. Además ostentó grandes propiedades y riquezas, y desempeñó un papel relevante como evérgeta.
Pese a esta consideración, es importante insistir en la idea de que todo tipo de poder ostentado por las mujeres en esta época no puede ser nunca equiparable al ostentado por los hombres. Las emperatrices no podían poner en cuestión el poder del emperador, razón por la cual todo acto realizado por estas no debía suponer una amenaza a la masculinidad ni al poder del marido, pues de ser así rompería con la estabilidad establecida. Ciertamente la situación de Plotina, como esposa del emperador la colocaba en una posición elevada dentro de la jerarquía social y política romana, pero las restricciones que les fueron impuestas por el hecho de ser mujer, la colocaba en una posición intermedia entre la esfera pública y la privada. Por tanto las actuaciones de Plotina aunque fueron destacadas también fueron limitadas.


Retrato Colosal de Plotina, en torno al 129 d. C. (Museo Vaticano)

Las diferentes fuentes aluden la posible asistencia de Plotina en muchos de los viajes realizado por su esposo, incluso antes de que éste fuera proclamado emperador, tal como ocurrió en la expedición militar del 88 a Colonia, cuando Trajano aún pertenecía al ejército del Rin. Asimismo, es posible que la futura emperatriz también estuviera junto a su esposo en los momentos más importante de su trayectoria, como parece indicar su presencia en el nombramiento de Trajano como gobernador de la Germania Superior en el 96.Sin embargo, tras ser proclamado emperador y recibir en Roma los honores correspondientes, Plotina pasó a ocupar un cargo muy importante en las cuestiones domésticas de la casa imperial, donde convivió con su cuñada, Ulpia Marciana, la sobrina de Trajano, Matidia y las dos hijas de ésta, Vibia Sabina, futura esposa de Adriano, y Matidia la Menor.
Debido a sus altas virtudes, el Senado la quiso proclamar Augusta, al igual que a su cuñada; sin embargo, en aquellos momentos ambas rechazaron aceptar tal honor y no fue hasta cinco años más tarde cuando aceptaron el título, en un momento en el que Trajano necesitaba de respaldo ideológico como pater patriae. Tal título elevaba a Plotina y a su cuñada como modelo de virtudes y ejemplo de mujer romana.
De las mujeres en general, y las emperatrices en particular se esperaba un comportamiento y cualidades digna de los valores tradicionales atribuidos a su sexo. Las máximas virtudes femeninas debían ir en paralelo a las máximas virtudes masculinas, pues la imagen idílica del máximo gobernante estaba íntegramente relacionada con la de su esposa, quien con su ejemplo de virtud le servía de honra. Sin duda alguna, la descripción que Plinio realiza sobre Plotina es un claro ejemplo de esta apreciación: “mujer modesta, obediente, sumisa a su esposo y austera en arreglos”. Plinio elogia las virtudes de Plotina al mismo tiempo que elogia al emperador por haberla formado así.
« En tu caso, tu esposa contribuye a tu dignidad y a tu gloria. ¿Quién hay que sea de costumbres más puras que ella?, ¿quién que se conforme mejor a los ideales de nuestra antigüedad? ¿Acaso si un Pontífice Máximo tuviese que elegir una esposa, no la elegiría a ella o a una semejante a ella? Si bien ¿dónde podría hallarse una como ella? ¡Cómo no reclama nada para sí de tu elevada posición a no ser el derecho de alegrarse por ella! ¡Con qué constancia muestra en todo momento que su afecto recae sobre ti, no sobre tu poder! Sois el uno para el otro los mismos que fuisteis en el pasado, os amáis por igual, y nada os ha dado la fortuna que ya no tuvieseis, a no ser el que comenzaseis a saber con qué serenidad podéis sobrellevar ambos la fortuna. ¡Y qué modesta se muestra en el vestir!, ¡qué discreta en su séquito!, ¡qué sencilla en su forma de caminar! Todo ello es mérito de su marido, quién así la instruyó y así la educó, pues para una esposa es gloria suficiente mostrarse sumisa. ¿O acaso, al ver que no forman parte de tu séquito ni el terror ni la pompa, no ha de caminar también ella en silencio y, en la medida en que se lo permite su sexo, imitar a su marido, que siempre va pie? Ésa es la conducta que le convendría, aunque tú te comportases de otro modo. Pero, cuando es tanta la modestia del marido, ¡cuánto respeto debe una esposa a su esposo, y una mujer a sí misma! » (Plin. Pan. 83-84)
En el 113 d.C., Plotina, Matidia y el mismísimo Adriano, acompañaron a Trajano a la guerra contra los Partos en Oriente y fue dos años más tarde, cuando el emperador, víctima de un ataque que casi le costó la vida, comenzó a cuestionarse la designación del sucesor imperial. En este hecho, la actuación de Plotina fue realmente relevante para el futuro del imperio, pues su intervención en este acto fue esencial para conseguir que su esposo, ya agonizante, adoptara y eligiera a Adriano como heredero del imperio.
Plotina, quien tenía una marcada influencia en el acuerdo matrimonial entre Adriano y Sabina, se mostró activa en su apoyo a la carrera de Adriano tal como se expresa en la frase:«(Hadrianus) usus Plotinae quoque favore». La influencia de Plotina en la elección y adopción de Adriano fue tan mayúscula que rápidamente se generaron todo tipos de rumores acerca de una posible maniobra ideada por estos. Sin embargo, ante tal cuestión cabría preguntarse cuáles debieron ser los verdaderos intereses de la emperatriz a la hora de apoyar al marido de su sobrina nieta en su afán por optar al gobierno del Imperio.


Sestercio de Pompeia Plotina

Ciertamente, Plotina y Adriano compartían muchas ideas y pasiones. Entre ellas, su amor incondicional hacia la cultura helénica. Plotina fue fiel defensora y protectora de la filosofía epicúrea y el arte griego, unos intereses comunes y acorde con el programa político e ideológico del futuro emperador. Realmente, el hecho de compartir tales pasiones con el nuevo emperador la situó dentro del círculo de personas de interés y confianza del mismo.
Una vez más, la imagen de Plotina tras el fallecimiento de su esposo fue exhibida de manera aclamada como modelo de mujer uniuria, es decir, mujer de un solo un hombre que permaneció sola el resto de su vida. La muerte de ésta provocó el retorno inmediato de Adriano a la Galia, donde mandó erigir un templo en honor a la emperatriz. El emperador la colmó de honores y dio paso inmediato a la consagración de Plotina como diva en el año 123 d.C.


BIBLIOGRAFÍA:
-          Cid López, R Mª, “Madres para Roma. Las «castas» matronas y la res publica” en Cid López, R. M. (coord.), Madres y maternidades: construcciones culturales en la civilización clásica, Oviedo: KRK, 2009, 157-161.
-          Hidalgo de la Vega, M.J. “Plotina, Sabina y las dos Faustinas: La función de las augustas en la política imperial”, Studia historia, 18, (2000),191-224.
-          Hidalgo de la Vega, Mª J, “Maternidad y poder político: las princesas julio-claudias” en Cid López, R. M. (coord.), Madres y maternidades: construcciones culturales en la civilización clásica, Cid López, Oviedo: KRK, 2009,187-197.
-          Hidalgo de la Vega, Mª José, “Emperatrices paganas y cristianas: poder oculto e imagen pública” en Domínguez Arranz, A. (ed.), Mujeres en la antigüedad clásica. Género, poder y conflicto, Madrid: Sílex, 2010, 185-207.
-          Hidalgo de la Vega, Mª José, Las emperatrices romanas: sueños de púrpura y poder oculto. Salamanca. Ediciones Universidad Salamanca, 2012.
-          Mirón Pérez, Mª D. Mujeres, religión y poder: el culto imperial en el occidente mediterráneo. Granada: Universidad de Granada, Instituto de Estudios de la Mujer, 1996.
-          Posadas, J. L. Emperatrices y princesas romanas, Madrid, Raíces, 2008.
-          Plinio el Joven. Epistolario (Libros I-X)/Panegírico del emperador Trajano (ed. José Carlos Martín) Madrid, Cátedra, 2007

IMÁGENES
Sestercio de Pompeia Plotina: http://huelvabuenasnoticias.com/2015/12/06/pompeya-plotina-la-joven-de-ituci-que-conquisto-al-emperador-trajano-y-marco-el-devenir-del-imperio-romano/
Retrato Colosal de Plotina: http://ancientrome.ru/art/artworken/img.htm?id=1208

Sobre la autora

Graduada en Geografía e Historia por la Universidad Pablo de Olavide, promoción 2011-2015. Realizó su Trabajo de final de Grado sobre el culto imperial en Itálica. Interesada en el género y los estudios históricos acerca de las mujeres en la Antigüedad y en la Modernidad. Realizó el Máster en Religiones y Sociedades organizado por la Universidad Pablo de Olavide y la Universidad Internacional de Andalucía, el cual culminó con el Trabajo de final de Máster titulado “Plotina y Sabina en la religión romana”. Actualmente cursa el Máster en Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas en la Universidad Pablo de Olavide.




martes, 2 de febrero de 2016

Tiberio y Sejano: ambición y poder


“Si yo lo sé, que los dioses y las diosas dejen que me hunda aún más de lo que yo me siento ahora, cada día, hundido”.


Esta cita la escribía el emperador Tiberio en una carta al senado, según las obras de Tácito y Suetonio, Annales y De Vita Caesarum, “Tiberius” respectivamente. Y es que las intrigas y el ambiente de tensión entre la aristocracia del Imperio en su época, añadida a un probable carácter apático del emperador pudieron hacer que se sintiese de este modo.

Cuando el primer emperador de Roma, Augusto, muere en el año 14 d. C., Tiberio, su hijo adoptivo e hijastro (fruto del matrimonio anterior de su esposa Livia Drusila), tomó el mando del Imperio sin demasiadas dificultades, eso sí, tras hacer una breve “comedia” en la que finge rehusar en favor de la recuperación de una República que nadie quería ni veía útil retomar. Tanto es así, que el nuevo emperador se fue apartando cada vez más de este modelo de gobierno, eliminando la asamblea del pueblo (cuyas decisiones las tomaría a partir de ahora el Senado) y la costumbre de su antecesor de renovar su cargo cada cinco o cada diez años.


El emperador Tiberio. Museo del Prado (Madrid)

La relación del emperador con el Senado fue difícil prácticamente desde el principio. A pesar de que Tiberio se dejaba asesorar por sus miembros en muchas ocasiones, el emperador parecía enfadarse cuando los consejos no correspondían con sus deseos.

Además, parece cerrarse ante el público en general, pues reduce considerablemente el número de personas que pueden acceder a él en un ritual conocido como Salutatio (en el que Augusto, en muchas ocasiones, se daba un baño de masas, pues no solo los senadores y la aristocracia romana iban a esta especie de recepción matutina, sino también caballeros del orden ecuestre y gente del pueblo), ya que, al parecer, le resultaba exageradamente adulatorio.

En el año 26, Tiberio toma la decisión de marcharse de Roma a Campania, y en el 29 se retira a Capri, isla de la que no volverá hasta la fecha de su muerte. No se conocen los motivos de esta decisión, pero hay diversas especulaciones: la pretensión de llevar una vida más libertina, o quizás el deseo de ocultar las dolencias que tenía por ser ya mayor.  Sin embargo, es prácticamente seguro que uno de los más poderosos motivos de esta “huida” es el ambiente de tensión que vivía en la ciudad de Roma debido a la desconfianza que tenía por los senadores y el pueblo.

El sitio vacío que había dejado en el centro del Imperio fue ocupado por Sejano, prefecto de la Guardia Pretoriana. Se convierte en el hombre de confianza del emperador, el filtro entre las decisiones de éste y el Senado, por lo que adquiere un enorme poder. Sejano era quien daba su aprobación para que alguien pasase a ser miembro del consulado, y los cónsules debían consultarle todos sus asuntos (incluso los personales) a pesar de ser el estamento social más alto del Imperio. Existían (bajo el permiso de Tiberio) estatuas de oro en la ciudad de su figura que se veneraban y se celebraba su cumpleaños como si el del emperador se tratase.

Al convertirse en la mano derecha del emperador, Sejano tiene el poder de manejar las intrigas de las altas esferas a su antojo, y éstas eran muchas. Tiberio se sintió forzado a utilizar la Lex Majestatis (castigo a los que ofendían de alguna forma al emperador) con mucha frecuencia. Esto provocó una ola de denuncias entre la aristocracia romana, pues al castigarse los delitos de lesa majestad los denunciantes eran premiados con una parte de los bienes del denunciado (al que se desterraba y se le quitaba la ciudadanía romana, o se ejecutaba) y llamaba la atención del emperador, por lo que muchos lo vieron, además de un buen método de eliminación de enemigos personales, como un medio de promoción social.
Estando Sejano en esta posición tan privilegiada, y viendo que podía mover todos los hilos del Imperio, no es extraño que se viese como futuro emperador. Por ello, su objetivo fue eliminar a todo aquel que se interpusiera en su camino en esta hazaña.

Los más probables sucesores de Tiberio eran, por un lado Germánico, sobrino del emperador e hijo adoptado, y Druso, hijo natural de Tiberio. Ambos tenían edades parecidas y eran queridos por el pueblo (sobre todo Germánico, un estupendo militar que consiguió apaciguar grandes zonas amotinadas). Sin embargo, Germánico salió pronto de este esquema, pues muere de una enfermedad (en el Imperio corría el rumor de que todo estuvo planeado por Tiberio, que organizó una especie de conspiración en su contra por sentir envidia del cariño que los romanos declaraban por su sobrino) y Druso fue envenenado por su esposa, que era amante de Sejano.


As emitido por Colonia Romula (Sevilla). Por un lado, Tiberio; en el reverso, Druso y Germánico. 

Tan solo quedaban ya los hijos de Germánico para que el prefecto tuviera el camino libre: fijó como objetivos a los dos mayores y aconsejó a Tiberio que los condenase por ser “hostiles” con el gobierno del emperador.

En el año 31, Sejano fue nombrado cónsul, y contrajo matrimonio primero con Livilla y luego con Julia, ambas miembros de la familia imperial. Solo estaba a un paso de su meta cuando, en ese mismo año, Antonia Minor, madre de Germánico (y por tanto, cuñada del emperador) contactó con este mediante una carta que se hizo llegar mediante un esclavo de confianza para informarle de que Sejano planeaba un golpe de estado. Tiberio, al conocer la traición, nombró secretamente un nuevo prefecto del pretorio y preparó algunas naves militares fieles a él. En el senado, en presencia de Sejano, fue leída su sentencia. Ese mismo día fueron ejecutados él y sus hijos.

Tiberio, tras la traición de la persona en la que más confiaba, se volvió aún más inaccesible y aplicó las condenas por lesa majestad con más virulencia. De sus últimos años es la cita que encabeza este artículo y que presenta a un Tiberio abatido. El emperador muere en el año 37 d. C. y lo sucederá Calígula, uno de los hijos menores de Germánico, que para su suerte no sufrió la persecución de Sejano.

Aunque es difícil conocer con certeza cómo fue el carácter de un emperador mediante las obras escritas de la época (siempre hay que recordar que los escritores eran en su mayoría del orden senatorial, que, en este caso, no congeniaba con el emperador) sí podemos concluir asegurando que Tiberio fue un emperador que, en gran medida por sus pocas dotes de comunicación con su entorno, evadió en muchas ocasiones la responsabilidad que conllevaba el Imperio tal como lo heredó de Augusto, defecto que Sejano supo aprovechar.



BIBLIOGRAFÍA

Albertini, A., El Imperio Romano. Sevilla: Padilla Libros Editores & Libreros, 2005, 34-37.

Barceló, P., Breve Historia de Grecia y Roma. Madrid: Alianza Editorial, 2010, 249-252.

Bravo, G., Historia del Mundo Antiguo. Una introducción crítica. Madrid: Alianza Editorial, 2012, 434-436.


Winterling, A., Calígula. Barcelona: Herder, 2006, 25-33


IMÁGENES:

www.museodelprado.com
www.wikipedia.org